Hasta cierto momento nunca había dudado de cuál era el camino para construir una empresa. Pensaba en aplicar a Y Combinator. Levantar inversión. Ser lo más ambicioso posible. Algún día aparecer en una nota contando que habíamos levantado uno, cinco o diez millones de dólares. Agrandar el equipo. Volver a levantar. Seguir.
Ese era mi primer instinto porque era lo que veía hacer a todo el mundo. Si estábamos creando una startup, el próximo paso tenía que ser ese. ¿Por qué no?
Además, encajaba perfecto con mi forma de ser. Siempre me consideré una persona muy ambiciosa. En el liceo quería tener las mejores notas. En la facultad, también. Después quise investigar, hacer un máster en MIT o Stanford y seguir con un PhD. Cada etapa venía con un próximo objetivo un poco más difícil.
Cuando apareció la posibilidad de crear una empresa, llevé esa misma lógica conmigo. Si antes había querido llegar a la mejor universidad, ahora quería entrar a Y Combinator, levantar plata y construir una empresa multimillonaria. Para mí, querer dar lo mejor y querer llegar lo más lejos posible eran casi la misma cosa.
Después empecé a tener muchas conversaciones con Tomi y mi perspectiva cambió por completo.
Las conversaciones que se repetían
Tomi partía de un lugar muy distinto. Cuando hablábamos de la empresa, él no me preguntaba cuánto podíamos levantar ni qué tan grande podía llegar a ser. Me preguntaba para qué queríamos hacerla. Cómo nos iba a ayudar a ser más felices. Qué me hacía feliz a mí y qué lo hacía feliz a él.
Por eso, Tomi y yo no hablábamos de Maspeak solamente como un producto que queríamos escalar. Cada vez que nos juntábamos terminábamos hablando también de nosotros. De cómo queríamos vivir, qué necesitábamos para ser felices y qué cosas no queríamos perder por el camino.
Fue un período de muchísimas charlas profundas, de conocernos y de entender qué necesitaba cada uno y por qué, en el fondo, estábamos haciendo lo que hacíamos.
En una de esas charlas, Tomi me dijo algo que todavía recuerdo más o menos así:
Mirá, a mí no me importa qué tan exitoso llegue a ser Maspeak. Si en el día a día siento que me perdí, que ya no soy el mismo o que dejé de disfrutar lo que hago, por más exitosa que sea la empresa, voy a dar un paso al costado.
Eso me hizo pensar muchísimo. Yo no quería que Tomi llegara a sentirse así y se fuera, y él tampoco quería que me pasara a mí. Si queríamos construir Maspeak juntos durante muchos años, teníamos que cuidar que los dos siguiéramos eligiendo estar ahí.
Mi forma natural de mirar casi cualquier cosa siempre había sido pensar cómo mejorarla. Cómo sacar una nota más alta, llegar a una universidad mejor, trabajar más o hacer que algo creciera. Cuando alcanzaba una meta, enseguida aparecía la siguiente. No me detenía demasiado a preguntarme cómo me sentía en el proceso.
Tomi miraba las cosas desde otro lugar. Antes de preguntarse cómo llegar más lejos, se preguntaba si realmente quería ir hacia ahí. ¿Esto me va a hacer más feliz? ¿Es, en el fondo, lo que quiero? ¿Cómo quiero sentirme mientras lo hago?
Yo no estaba muy acostumbrado a hacerme esas preguntas. Tampoco era alguien que prestara demasiada atención a sus emociones o que pensara en cuidarse como parte de una decisión. Mi reacción era seguir, mejorar y optimizar. Si algo podía hacerse mejor, había que hacerlo mejor. Recién después, quizá, habría tiempo para ver cómo me sentía.
Al principio pensé que esa era una necesidad de Tomi que yo tenía que aprender a respetar. Con el tiempo me di cuenta de que también estaba hablando de algo que yo necesitaba, aunque nunca lo hubiera puesto en esas palabras. Aprender a entenderlo a él me ayudó a entenderme mejor a mí y a mirar mi propia vida de otra forma.
Tomi no hizo que dejara de querer mejorar. Me enseñó a poner una pregunta antes: ¿mejorar para qué? Empecé a entender que crecer u optimizar algo no siempre iba a mejorar nuestra vida. A veces podía hacer exactamente lo contrario.
Esa forma de pensar nos llevaba una y otra vez a la misma conversación sobre la empresa: ¿para qué queríamos construir Maspeak?
Una respuesta era evidente. Queríamos crear un producto muy bueno, trabajar con muchos hoteles y construir una empresa grande. Eso sigue siendo cierto. Pero había otra respuesta que nos importaba igual: queríamos que Maspeak fuera una forma de disfrutar más nuestra vida, no algo que tuviéramos que sobrevivir durante años con la esperanza de disfrutar después.
Los dos sentíamos que la vida era bastante más amplia que llegar a un gran exit. No nos atraía demasiado la idea de dejar todo por el trabajo, hacer all-in durante una cantidad indefinida de años y confiar en que algún día el sacrificio iba a haber valido la pena.
Queríamos disfrutar los días normales de la empresa. Disfrutar trabajar juntos, resolver un problema, hablar con un hotel, conocer gente y pensar el producto. Queríamos que Maspeak tuviera nuestra impronta, nuestra personalidad y el cariño que ponemos en los detalles.
Cuando imaginamos la empresa que queremos, nos vemos trabajando con gente que nos interese conocer de verdad. Saber su historia, entender cómo vive su trabajo, visitar su hotel y sentarnos a conversar. Nos gusta pensar que algunas de esas relaciones pueden convertirse en amistades y que vamos a elegir rodearnos de personas con las que disfrutemos compartir el camino.
Queremos entender sus problemas e involucrarnos de verdad porque nos importa ayudarlos, y disfrutar juntos cuando algo que construimos les hace la vida un poco mejor. Si nosotros sentimos cariño por lo que hacemos y por la gente con la que trabajamos, esperamos que eso también se sienta del otro lado. Esa es la clase de empresa en la que nos gustaría pasar nuestros días.
En esas conversaciones empecé a separar dos cosas que hasta entonces tenía bastante mezcladas. Una era mi ambición, mis ganas de mejorar y de hacer las cosas lo mejor posible. La otra era la idea de que esa ambición tenía que terminar necesariamente en inversión, crecimiento a cualquier costo y un gran exit.
Mi ambición sí era mía. La forma en que imaginaba demostrarla, quizá no tanto.
Yo también quería ser feliz. También quería una vida plena y disfrutar lo que hacía mientras lo hacía. Había asumido que primero tenía que alcanzar el éxito y que esa vida vendría después. Hablar con Tomi me hizo ver que podíamos pensar la empresa al revés: empezar por la vida que queríamos y construir Maspeak dentro de ella.
Ahí apareció algo que empezó a darme más miedo que fracasar: ganar un juego que, si me hubiera detenido a pensarlo desde el principio, capaz nunca habría elegido.
Me di cuenta de que cuanto más avanzaba hacia una meta, más difícil era detenerme a pensar de dónde había salido. Cada logro se convertía en una razón para seguir.
Desde entonces intento hacerme una pregunta que antes casi nunca me hacía:
Si nadie pudiera ver el resultado, ¿seguiría queriendo esta vida?
Elegir qué juego jugar
Esas conversaciones también nos ayudaron a ponerle nombre a una decisión bastante concreta. Podíamos construir Maspeak con inversión y buscar crecer lo más rápido posible, o podíamos hacerla bootstrapeada, crecer con nuestros propios ingresos y conservar el control sobre el rumbo.
Elegimos el segundo camino porque se parecía mucho más a la empresa que imaginábamos juntos. Queríamos tener la libertad de elegir nuestro ritmo, los problemas a los que dedicarles tiempo y las personas con las que queríamos trabajar. Poder conocer a cada cliente, involucrarnos de verdad y cuidar los detalles que hacen que Maspeak se sienta nuestra.
Hay incertidumbre en esa decisión. Podemos equivocarnos y hay cosas que seguramente van a salir mal. Hoy, con lo que sabemos de nosotros y de la vida que queremos, sentimos que es el mejor camino.
Por eso hablamos de construir Maspeak a nuestro ritmo. A veces ese ritmo es intenso. Podemos pasar horas con un problema porque nos entusiasma, seguir una idea porque nos da curiosidad o trabajar muchísimo para que algo quede como queremos. Otras veces vamos a frenar, cambiar de dirección o dedicarle tiempo a otra parte de nuestra vida.
Lo que buscamos es que las decisiones nazcan de lo que queremos construir y de cómo queremos vivir mientras lo construimos.
¿Esto significa que perdí la ambición?
Es una pregunta que yo mismo me hice. Mientras otros fundadores aparecen en el diario porque levantaron cinco o diez millones de dólares, nosotros elegimos otro camino. Visto desde afuera, alguien podría pensar que me volví menos ambicioso.
Yo siento que pasó lo contrario.
Antes medía mi ambición por qué tan lejos podía llegar en una sola dirección. Ahora la pienso sobre toda mi vida. Si algún día vendemos Maspeak por 500 millones de dólares, pero para llegar hasta ahí dejamos de reconocernos, descuidamos a la gente que queremos y perdemos la salud, la juventud y las cosas que disfrutamos, para nosotros eso no sería un éxito. Sería un fracaso bastante caro.
Durante mucho tiempo pensé la excelencia casi en una sola dirección. Si la empresa iba mejor, si llegaba más lejos o si conseguía algo más difícil, asumía que yo también estaba viviendo mejor.
Hoy lo veo distinto. Se puede ser excelente en el trabajo y bastante mediocre en el resto de la vida. Nosotros queremos intentar algo más difícil: que nuestra ambición abarque la vida entera.
Nuestra ambición es construir una empresa excelente y llevar esa misma búsqueda de excelencia a nuestra propia vida. Queremos hacer un buen trabajo, ayudar de verdad a la gente y crear un producto del que estemos orgullosos. También queremos cuidar el cuerpo, nuestros vínculos, los hobbies y la curiosidad por cosas que no tienen nada que ver con Maspeak.
Hay dos ideas de la filosofía griega que nos ayudan a explicar esto. Una es areté, que suele traducirse como virtud o excelencia. Tiene que ver con desarrollar nuestras capacidades y formar el carácter a través de la práctica. La otra es eudaimonía: una vida plena, una vida que mirada en conjunto vale la pena vivir.
Para nosotros, la ambición se parece cada vez más a eso. Tomi quiere crecer con la música y disfrutarla en serio. Yo quiero correr, jugar al vóley, ir al gimnasio y sentirme bien con mi cuerpo. Queremos comer bien, cuidar nuestras relaciones, conocer personas y sus historias, y aprender cosas nuevas. Queremos darle a cada una de esas partes un lugar real en nuestros días.
Tomi tiene una forma muy suya de resumirlo. Muchas veces, cuando estamos juntos, se levanta, se mira al espejo y dice:
Este va a ser el mejor día de mi vida.
Lo importante es que lo dice al empezar el día. No espera a que ocurra algo extraordinario o a que cambie un KPI. Lo decide antes y después hace todo lo posible por vivirlo así. Esa forma de encarar la vida nos recuerda que el disfrute no puede quedar detrás de la próxima métrica de Maspeak. Tiene que ocurrir ahora, mientras construimos.
Esa es la ambición que hoy queremos tener: despertarnos con ganas de vivir el día que construimos, hacer las cosas lo mejor posible y llegar al final todavía sintiéndonos nosotros.
No sabemos qué va a pasar
La realidad es que no tenemos certeza de nada. Capaz que con inversión Maspeak habría llegado más lejos o más rápido. Capaz que dentro de unos años miremos hacia atrás y pensemos que habríamos elegido algo distinto. También puede pasar que este camino nos lleve a lugares que hoy ni siquiera imaginamos.
Lo que sí sabemos es cómo queremos vivir mientras lo descubrimos. Queremos disfrutar los días, trabajar con gente que nos importe y hacer las cosas con cariño. Queremos levantarnos, como dice Tomi, convencidos de que este puede ser el mejor día de nuestra vida y hacer lo posible para que lo sea.
El resultado importa, claro. Queremos que Maspeak sea una empresa enorme y que le vaya increíble. Pero nuestra felicidad no puede depender de que primero ocurra una métrica, llegue una inversión o aparezca un gran exit.
Si todo sale como soñamos, lo vamos a disfrutar muchísimo. Y si el resultado termina siendo otro, al menos vamos a saber que no pasamos estos años esperando para empezar a vivir.
Nuestro sueño es construir Maspeak de esta forma y compartir esa manera de vivirla con las personas que encontremos en el camino. Que el cariño, la energía y las ganas con las que vivimos la empresa también les lleguen a ellas. Sea cual sea el resultado, esa es hoy la mejor decisión que podemos tomar.
Diego Marvid es cofundador de Maspeak. Este texto nació de las conversaciones con Tomi Wajner y de la forma en que eligieron construir la empresa juntos.